Entrevista a Daniel Abreu

Noviembre de 2025. Entrevista realizada en La Laguna por Samuel Aguilar.

Foto© Viktor Stefanov

Tenerife, época universitaria, han pasado ya varias décadas. Mi amigo Paco y yo estamos muy al tanto de la actividad artística y cultural de la isla. En esta ocasión me propone que vayamos a La Matanza, un pequeño pueblo al norte de Tenerife, porque un amigo suyo baila en el acto de inauguración de, si no recuerdo mal, una exposición de pinturas. Tengo que confesar que de la exposición no guardo ningún recuerdo. Lo que sí quedó grabado en mi retina fue la breve intervención de danza; un cuerpo joven, seguramente inexperto, pero curioso, rebosante de energía, sutil, misterioso, en diálogo con el espacio, integrándose en él, habitándolo y redefiniéndolo en cada movimiento. Estaba allí, a centímetros de distancia, se mezclaba entre los asistentes. Nunca había vivido la danza desde tan cerca. Poder observar cada movimiento, casi tocarlo, sentir cada respiración por mínima que fuera, me hizo entender por primera vez la fuerza de la expresión artística a través del cuerpo. Ese cuerpo era el de Daniel Abreu.

¿Quién es Daniel Abreu?

Supongo que preguntas sobre todo por la parte profesional. Podría decir que siempre ha habido una inquietud artística, y eso se ha ido definiendo en el mundo de la danza. La vida me fue llevando a ser principalmente director de obras coreográficas y es algo que me define artísticamente hablando.

Me implico en las cosas que hago y, aunque acabo firmando como coreógrafo, siento que trabajo más en la creación global de una obra. Todos los aspectos que conlleva un espectáculo me importan. Dirijo a los bailarines, propongo el espacio, la iluminación, el ambiente sonoro. Confío plenamente en el equipo, pero intento entender la obra como algo mayor, donde mi tarea es escuchar y ordenar, porque aquí la jefa es la obra, muy por encima de mi voluntad o la creatividad de todos los que la hacen posible. Es un diálogo con los cuerpos que están en el estudio, con los acontecimientos del momento, con los colores que de pronto están por ahí, los sonidos, es estar al servicio. Me siento como un médium de ese ser que está vivo, y que está muy por delante de lo que yo pueda entender. Esto es algo que me define mucho.

Eso en lo artístico, ¿y en lo personal, quién es Daniel Abreu?

Soy una persona bastante reservada, me doy más en mis obras que en la vida. De lo que puedo compartir sin violentarme es que soy curioso, disfruto observando y olvidando, tengo mala memoria. Pero siempre estoy en la acción, resolviendo lo que puedo. Leer y accionar está muy presente en mi día y eso ya dice mucho. O eso creo yo.

Bueno, sencillamente es como es, así es como lo sientes o como tu lo vives. Entonces Daniel ¿cómo llegas a la danza y por qué? Y ¿por qué sigues en ella?

Llegué a la danza porque mi amiga Isabel Perdomo, a la que le gustaba mucho Madonna me propuso hacer bailes para las fiestas de los pueblos. Esta primera incursión fue importante y marcó mucho, porque desde aquel entonces se fue forjando la creatividad y la presencia.

Puedo decir que lo artístico ya venía desde niño porque tocaba la guitarra y cantaba en un grupo folclórico, tocaba el teclado… Cuando yo tenía 14 años o así, en La Matanza se abrió la escuela municipal de baile y ahí la cosa empezó a tomar otro tono. Como todo adolescente intentaba buscar un lugar en el mundo y aquel era un lugar al que pertenecer. Me decían que lo hacía bien y eso ayudó a que me acabara quedando. Aunque mis inquietudes eran otras, y muy lejanas como la astrofísica, acabé estudiando psicología, lo que compaginaba con clases de ballet.

Estudié en el Centro Internacional de Danza de Tenerife, y al poco tiempo bailaba con Dania Salazar, una cubana que vivió y danzó algunos años en Tenerife. Luego me sumé a la compañía de Helena Berthelius y con ella me dieron una beca en el Festival Masdanza para irme a Madrid.

En cuanto llegué a la capital aprendí todo lo que pude y tuve la suerte de participar en algunos proyectos. A los seis meses estaba con la compañía Provisional Danza, y ahí me quedé tres años bailando. A día de hoy sigo muy cerca de Carmen Werner, su directora, maestra y amiga. Cuando se acabó mi tiempo en este y otros proyectos empecé a hacer coreografías, y parecían generar interés. Nunca creí que yo sirviera para esta profesión, ni como bailarín ni como coreógrafo porque mi manera de crear o de bailar no se ajustaba a los cánones. No soy un bailarín que tenga las condiciones apropiadas, pero a lo largo de los años he trabajado para contar desde mi sitio. Quizás, eso también me ha ayudado a dirigir mejor, porque como he tenido que aprender con un cuerpo que no nació para esta profesión, entiendo algo mejor cómo de difíciles son los caminos en esta profesión. Hoy día la danza se ha democratizado, pero en aquellos años aún existían los prototipos para bailar, y eso de alguna forma también me marcó.

Aunque estoy en una época en la que la profesión para mí es más complicada, sigo porque voy enganchando proyectos, y al final me veo enredado en hacer, pero no sé si la danza hoy día me gusta. Sí sé que cuando estoy en el estudio y las cosas fluyen, me siento bien. Pero no hay día que no se den contratiempos y tras tantos años me cuesta afrontarlos con el mismo humor. Me estoy entrenando en la paciencia. Sigo, pero me resulta difícil mantener la misma motivación.

Cuentas que de pequeño estabas en clase de folclore y música, o sea, que entiendo que la motivación artística viene de familia. ¿Hay antecedentes artísticos en tu familia?

A mi abuela paterna le gustaba cantar, también a mi madre. Mi tío Dioni canta maravillosamente bien y me dice que a la familia de mi padre le llamaban los quíqueres porque eran muy bailarines. En la familia de mi madre, donde hay varias personas sordas, el gesto es importantísimo. Así que, aunque nadie vivió de ello, yo tengo esa suerte, de haber estado sin querer en un ambiente que te curte.

Desde pequeño y por voluntad de mis padres cantaba y tocaba la guitarra en un grupo folclórico, de hecho, me encantó cuando hace unos años mi padre se apuntó también a clases de guitarra. La verdad es que nunca le oí tocar pero fue un regalo saber que se daba ese tiempo, porque entiendo que ahí se conectan las historias; no estoy solo en esto de lo artístico. A mi madre siempre le gustó coser y mi sobrino es un dibujante maravilloso.

Y es que todo el mundo tiene una vena artística. Me gusta señalar que los canarios nacemos artistas y bailamos mucho y bien. Vas a los carnavales y ves la creatividad de la gente y se baila de una manera muy natural que es muy difícil de enseñar.

Entiendo por lo que cuentas que tu recorrido en la danza siempre ha ido vinculado a lo contemporáneo ¿o también te formaste en clásico? ¿El mundo clásico ha estado presente en tu trayectoria?

Cuando empecé en la Universidad a estudiar psicología iba a clases de ballet y baile español en el Centro Internacional de Danza de Tenerife con Miguel Navarro y Rosalina Ripoll. Y aunque mi cuerpo no podía asumir la disciplina con la rigurosidad física que se precisa, sí iba con todo el respeto y la actitud. Luego en Madrid, seguí diariamente con clases de ballet. Hoy día es uno de los entrenamientos diarios de la compañía. Desde mi entender, un bailarín nunca se acaba de formar. Se requiere exigencia y eficiencia física, la misma que se asemeja a la del deportista profesional, y además se suma esa parte más artística. El ballet da estructura. Yo hago a diario prácticas bastante exigentes porque considero que es fundamental, y por otro lado trato de enriquecerme desde muchos puntos de vista para poder seguir contando desde la escena.

Foto© marcosGpunto

Ahora que mencionas eso de contar desde la escena, cuando estás creando una pieza ¿cómo entiendes la dramaturgia en la danza? ¿es algo importante para ti? ¿partes de una historia? ¿va surgiendo? ¿O es más una cuestión estética? ¿qué papel tiene en tu cabeza la dramaturgia en la danza?

Siempre parto de que las obras no tienen que tener significado, tienen que tener sentido. Y hablando de eso, ya entramos en lenguaje contemporáneo. Los lenguajes clásicos, desde donde yo los entiendo, tienen que tener unas dramaturgias lineales y direccionales. Pero, claro, la vida no es eso, en realidad, tanto la vida como las obras son mucho más complejas. Cuando yo estoy creando, lo importante no es tanto qué es lo que yo quiero hacer sino lo que la obra dicta. Partir de un Romeo y Julieta no lo sé hacer, o igual no me interesa. Ante eso he cambiado los nombres, de personajes por figuras. No hay narrativa literaria sino una narrativa visual y conceptual. Es importante el concepto, que tenga sentido, lo visual, pero el que los roles se justifiquen me parece acotarnos, no como artistas sino como seres humanos. Y ahí entra lo que a mí me ha ayudado mucho de la psicología. El acercamiento que tuve estudiando Psicología Sistémica, me ayudó a interpretar la realidad desde otros puntos de vista. Eso me dio seguridad en lo que ya hacía de una manera inconsciente y es que las historias son multidireccionales. Pero también me encuentro que al público se le ha educado en la misma manera de ver cualquier cosa. Hablar de cultura es acoger todo aquello que define a una sociedad. Y en este momento de la historia en la que somos capaces de asumir tantas imágenes en tan poco tiempo, construimos relatos al instante. Me interesa lo que me hace preguntas y me hace pensar. No soy un agente pasivo, y quizás por eso las obras que firmo también están llenas de símbolos, eso que tiende a unir tantos mundos a la vez.

Me parece interesante que te sitúas como creador muy en lo contemporáneo, en el presente. ¿Cómo crees que se verá tu obra dentro de cien años? ¿Qué quedará de ella?

No tengo ni idea, yo creo que no se verá, ni siquiera llegará, pero al mismo tiempo quién sabe.

¿Te importa el futuro?

Hay una parte del ego que piensa en eso de “mi obra va a durar más que yo”. Pero soy realista. Así que me interesa que lo que hago tenga sentido hoy, porque pensar en el futuro es entrar en lo incierto y más lejano. Además pensar esa lista de artistas secundarios e incomprendidos de la que luego se apoderó otro para enriquecerse o enaltecer tras su muerte, me parece un acto cruel, devorar figuras que no pudieron ni siquiera subsistir.

Yo vivo de mi trabajo y lo que me interesa es que lo que yo haga hoy tenga repercusión para hoy. Respetar y pagar a los equipos con los que trabajo y a mi mismo, tener una vida más o menos tranquila y equilibrada.

Aunque recuerdo ahora que hay quienes me han dicho: “tu obra se va a entender dentro de cien años…” y eso me queda muy lejos. Curiosamente se me ha dado el caso más de una vez que obras que se estrenaron hace algunos años y sigo presentando,  algunos me devuelven: “¡anda, cómo la has cambiado, está mucho mejor ahora!”, pero no es así, la obra está igual… ha cambiado la mirada, el momento…

Hay obras que tienen éxito más duradero como “La desnudez” o “Perro” que con veinte años sigue teniendo la misma aceptación, pero eso está fuera de mi control y cuando sucede es algo maravilloso porque de alguna forma se universaliza su mensaje.

Con éxito me refiero a aceptación por parte del público, que sea rentable para bailarla y vivir de sus presentaciones un tiempo, no sólo en aspectos económicos sino también en la energía que demanda. Hay obras que se han quedado en pocas presentaciones, incomprendidas. Se dice de ellas que son buenas, que la factura es impecable, pero “esto no es para mi público” ejerciendo así un acto extraño con las obras y con las audiencias.

También entiendo la obra como un ente vivo, le doy su responsabilidad, porque yo estoy muy pendiente cuando estoy en el proceso de transcribir realmente todos esos mundos que aparecen y que a veces no tengo ni idea de cómo llego a ellos. A veces los bailarines me recuerdan cosas que han pasado durante el proceso y que yo no recuerdo. Esto se puede explicar por la intuición, o por ese estado de flujo muy bien estudiado por Mihaly Csikszentmihalyi. Es ese estado que se da de máxima concentración, de mayor creatividad, y donde todos los recursos que tu tienes se ponen al servicio de lo que estás haciendo. Muchas veces tengo la capacidad de entrar ahí si no hay demasiadas interrupciones y me doy a eso.

Y en ese darte a la obra y esperar que ella responda ¿qué evolución encuentras entre tu primera obra y la que estás trabajando ahora? En este tiempo ¿ha cambiado tu forma de trabajar?

Antes había más inocencia porque no pretendía nada. Me estaba jugando un futuro, pero no tenía una estructura empresarial. El presente son muchas responsabilidades. En aquel entonces había mucha inocencia y trabajaba desde una parte emocional que ahora mismo también está vetada. Es difícil sostener formas de trabajo con equipos más grandes. Trabajar con personas es un reto. Siento que antes había muy pocas interrupciones en esos estados de flujo.

Mientras estoy en un ensayo, de pronto, recibo una llamada urgente por una función que tengo dentro de dos semanas o alguien del equipo hace más visible su día a día. Mientras se da un estado de generar y crear, puede haber quien no entra en la misma dinámica, que no se deja arrastrar por eso, y eso afecta al proceso y al resultado. Antes y ahora manejamos muchas sensibilidades, pero ahora hay más espacio para hacerla presente y que se contamine a todo. Los equipos en general requieren energía y la compañía es muy pequeña. Esto puede ser difícil de entender y fácilmente cuestionable. El respeto principal es hacia las personas pero a veces la obra demanda cosas extrañas y nos somete. El cansancio, la repetición, los días raros…

Siempre trato de ser respetuoso, pulcro…  intento que nadie se sienta vulnerable, pero se puede dar que alguien esté haciendo cosas con las que se pueda sentir incómodo. He aprendido mucho enfrentándome a situaciones que demandaban mucha energía y mano izquierda. Y como humano uno falla. Hablar de esto es complicado porque ahora mismo sólo hay dos celdillas a las que entrar, o bien o mal.

Hablas siempre pensando más en el trabajo de equipo. ¿Cuándo fue el último solo que hiciste?

El último del que yo estoy muy orgulloso fue en 2021, con la pandemia.

Y en tus solos ¿qué evolución ves?

Una seguridad física mucho más brutal que antes. Ahora tengo la capacidad, tras el entrenamiento de los años, de habitar lo que hago. Con menos, habito más. No digo que cuente más porque eso depende del espectador que lo ve. Hay mucha más exigencia física y más retos. Obvio que también tengo muchos más años y un cuerpo que como todos tiende a desparramarse. Eso lo da la madurez, el equilibrio entre todo lo que sabes y lo que queda por aprender.

¿Hay temas recurrentes en tu obra?

Me interesa la conducta, me anclo en aspectos conceptuales de la vida, más que en relatos. Creo que la identidad ha sostenido a muchas obras. Quiénes somos frente al mundo. También la soledad, la individualidad frente a sistemas tan complejos que nos arrastran. Últimamente los territorios, físicos y sociales… y siempre hay algo que se repite, y es que al final solo quedará la naturaleza.

Algo importante en tus piezas es el uso de objetos, algunos además de manera casi insistente, como las ramas, las maderas. ¿Hasta qué punto son importantes? ¿Qué sentido tienen?

No lo sé. Además tengo mi pelea con algunos. En estos tiempos hay una necesidad de ser original y de reinventarse. Mira el caso de los artistas más populares, que tienen que innovar y ser otra cosa cada vez para poder seguir ahí. Pero yo cuando voy al estudio, o voy por la calle me atrapan determinadas cosas y suelen repetirse. La madera, los rostros… me llaman la atención. Las maderas por ejemplo llevan apareciendo en mis obras desde el 2011… y ya no me resisto a ellas. Hay cosas de las obras que ni sé ni me preocupan, siempre y cuando tengan sentido.

Foto© marcosGpunto

A veces, también pienso que puede ser por falta de recursos. La maquinaria creativa también necesita un músculo económico. Eso es otra parte del trabajo a la que hay que dedicarse, a saber dónde estar, cómo poder estar presente o cómo no, porque no es sólo lo que tú haces, también es lo que puedes y luego está lo que los demás creen que tú haces. Yo puedo idear mil estrategias, pero si determinadas voces que ejercen un poder, pueden hacer que mi trabajo no llegue a los mínimos para crecer. No es porque yo no lo esté intentando, sino porque hay cosas que se escapan de mis manos. No hablo de subvenciones, eso es otro tema. Hablo de continuidad para generar recursos propios y poder seguir. Y a veces pensar en tan grande te lleva a una realidad que no está para ti. Entonces la carencia te lleva a la inventiva, a lo artesanal, y ahí también hay belleza.

Salvando la cuestión económica, ¿piensas mucho en la posibilidad o facilidad de mover tus obras al usar esos objetos o creas libremente y después ya buscas la manera de adaptar?

Tengo la suerte de ser artista y empresario. No soy un creador que haya tenido mucho sostén económico. Puedo ponerme en modo flipar pero mi imaginación no va más allá porque conozco los límites. Cuando surge una idea pienso qué supone llevar eso de gira, soy práctico. Fantasear ayuda, pero como te comentaba al principio soy más de acción, de qué es lo que puedo hacer con lo que tengo. Me encantaría tener la posibilidad de imaginar y materializar, pero el contexto a día de hoy no me deja.

Llevas más de 20 años con tu compañía ¿qué significa tener una compañía en España? ¿qué supone mantenerla tanto tiempo?

Hay una cosa de la que estoy muy orgulloso y es que he podido hacerlo. Ha sido con ayuda de instituciones que han estado ahí, que me han tenido presente, también teatros y gestores. Pero al mismo tiempo me han puesto un techo, con lo cual se ha hecho difícil en muchos momentos. Ahora por ejemplo el techo es muy bajito.

Cada paso supone enfrentarte al prejuicio de quienes ejercen poder. Ese es el mayor reto que tiene la danza en este país. Muchos puestos de cultura están politizados y llevados por personas con visiones alejadas de la totalidad. Aunque me cueste algún enemigo el que alguien se lo tome como una acusación, no sé si estamos de acuerdo en que hay mucho intrusismo laboral, no solo en el arte. Creo que hay sistemas de trabajo que no asumen responsabilidades. En este país somos expertos en subir a gente a pedestales para empujarla. Lo hemos visto con cualquiera que haya sacado la cabeza, a los dos o tres años se le tira, no queda uno arriba. En este país, cortar cabezas es más popular que el fútbol. Y los que han quedado y quedan han tenido que resistir. Admiramos a los que han muerto o a los que han aguantado todas las piedras posibles. Imagínate con la danza, un arte que estando tan presente sigue siendo cuestionado. Tener una compañía de danza implica que te estén echando todo el rato y resistir.

Foto© Miguel Barreto

¿Qué diferencias hay con otros países?

Depende de los países. El privilegio en el centro de Europa como Bélgica, Holanda o Alemania hace la diferencia. Y es que no se maltrata o cuestiona. Aquí estamos justificándonos todo el tiempo. Allí simplemente se hace y la gente decide. Se han aportado recursos económicos, de espacios, de exhibición e incluso de esos tiempos en los que crear es no hacer nada.

Mi postura no es que quiera más subvenciones. Al contrario, lo que quiero es poder presentar mi trabajo y que sea el público el que decida si le parece interesante. Quiero vivir de la venta de mi obra, no de ayudas. La política tampoco se ajusta a una realidad de pequeñas empresas artísticas. La dinámica aquí es la de producir todo el rato, no se repite, no hay lugar para que algo madure o lo vea más gente. No sé cuántos teatros hay y cuántos tienen programación regular, pero intuyo que pocos. Y estoy seguro que la danza no es lo más presente.

¿Por qué sigue siendo la danza la hermana pobre?

Yo creo que son muchas cosas. Por poner algunos aspectos importantes, pero no únicos, es la  politización de las cosas, llevado todo a la eterna campaña. La necesidad de vender la cultura como educación, entretenimiento o justificación social es un veneno dulce y lento. Si no hay risas y/o mediación social, el proyecto no tiene interés. En esta sociedad queremos por un lado vender el eterno verano y por otro hacer una función político-social que diluye y difumina muchas cosas. Se exige que seamos educadores sociales, magos, animadores, humoristas, virtuosos… Es a lo que me refería con el intrusismo laboral, por quien ocupa cargos que no conoce y quien exige actividades inapropiadas.

Si la educación se ha dedicado a los informes eternos y no a los estudiantes; si los médicos se dedican a escribir en un ordenador y no a examinar al paciente; si los políticos se dedican al exhibicionismo o al insulto y no a la mejora de condiciones para un pueblo… qué podemos esperar de la danza.

En danza hay muchísimo talento, muy buenos bailarines y coreógrafos, pero a esa exigencia se le suma el retraso en cómo se presenta y en cómo se comunica. Lo curioso es que junto a este talento hay prensa de danza muy formada, programadores o festivales que saben hacer su trabajo… pero nos ha comido un sistema absurdo y agotado.

Otras artes han visto la fuerza de la danza. Aitana, Rosalía, el cine o la publicidad, se rodean de coreógrafos y bailarines que vienen de lenguajes contemporáneos porque para ellos es importante sostener su producto y porque hay cosas que la danza sabe contar como nadie. Se enriquece con puestas en escena que nacieron en este lado hace mucho tiempo. Se presenta como novedad, pero nos falta visión, no solo histórica. Lo de hermana pobre es una realidad sostenida en un prejuicio que va a ser muy difícil de erradicar.

Hablabas al principio, y es cierto, de la facilidad de los canarios para bailar de forma natural. Sin embargo, me parece curioso que especialmente con la danza, siendo una forma de expresión tan primigenia, si va más allá del ocio, en general nos produce mucha vergüenza practicarla, ¿coincides con esta visión? ¿por qué crees que ocurre esto?

Totalmente de acuerdo. Pero no podemos siempre culpar a los demás, también depende de cómo lo presentamos. Hace unos días bailé en Santander y luego la propuesta del festival era poner al público a bailar. A pesar de que la media de edad del público era de unos cincuenta y largos, todos entraron a moverse. Como verás no he dicho bailar, sólo les invité a moverse con una música, a cerrar los ojos, y observar eso que sentían. Esa experiencia en Santander es el ejemplo de muchos otros momentos donde poniendo el foco en lo que somos y tenemos que hacer, la vida nos da buenas cosas.

Para mi no es lo mismo hacer danza que bailar. Bailar es mover el cuerpo con un cierto ritmo y todo el mundo lo puede hacer. Bailar es un acto de presencia en el mundo, de dar voz a cada uno desde donde pueda y quiera.

En ese acto de bailar para encontrar cada uno su voz desde donde pueda o quiera, ¿crees que realmente en el arte en general puede haber mucho de terapia y, al trabajar directamente con tu cuerpo, especialmente en la danza?

Entiendo la terapia como el proceso para curar algo. Entonces se da por hecho que hay algo que corregir y no siempre es así. Claro que puede haber un efecto sanador, liberador. Puede haber y de hecho lo hay, placer en el bailar, el dibujar, el tejer… son actividades que realmente nos reconfortan. Las cosas son válidas en sí mismas, otra cosa es el fin que tenemos con ellas. Hablar de que la danza es terapéutica es ponernos la etiqueta de que estamos enfermos y que esa es su función, pero hay más. Probablemente sí que seamos una sociedad enferma, pero bailar, ver bailar, escuchar o hacer música, pintar, ver una exposición, ver una obra de teatro… todo nos alimenta y nos llena porque en el fondo no es que estemos enfermos o defectuosos. Todos necesitamos sentirnos presentes, y el arte nos ayuda a ello. La danza puede ser una herramienta y de hecho lo es, para muchos acercamientos terapéuticos y artísticos, pero también es algo muy grande por si sola.

¿Qué influencias han marcado tu manera de entender el arte?

Lo más directo es la gente con la que he trabajado. Los bailarines y los creativos que tengo cerca son un pilar. También cada obra que veo, cada libro, cada paisaje… No todo se digiere pero está ahí.

Tengo que poner en esta lista a Carmen Werner, con quien llevo trabajando hace 25 años. Ha sido una persona que me marcó muchísimo en lo artístico y lo personal; la llamo mi madre artística. También Ana Vallés y Matarile teatro, una compañía de teatro con la que trabajé algunos años y me enseñó la importancia del hacer más que el ser.

En referencias más internacionales hay que nombrar a Pina Bausch, quien influyó en toda la danza y el teatro contemporáneo. También hay otros artistas como Ohad Naharin y sus bailarines. En música tengo que decir que consumo casi todos los géneros, aunque James Blake es para mi un Dios. Siempre estoy en diálogo con todo aquello que me llega, aunque haya cosas que en algún momento no me digan nada.

Me gustaría que hablaras un poco de los premios. Ahora que ya ha pasado el tiempo y supongo que la resaca después del Premio Nacional de Danza, ¿qué opinas de los premios? ¿les ves sentido? ¿qué significan realmente?

Cuando te dan un premio es un subidón y supone que lo que has hecho se ha visto con aprecio y amabilidad. Además, el Premio Nacional llega a esa parte de la sociedad que no conoce la danza. Gracias a él tuve un par de años de trabajo más constante. Sin embargo, es una corona que pesa mucho, y también te deja solo.

Hay que entrenar la claridad mental para que estos subidones no te coman. El Premio Nacional implica que has tenido la suerte de que un jurado te estima y considera que en ese momento te lo tienes que llevar. Pero que no te lo den no significa que no lo merezcas. Los premios dan trabajo y se agradece enormemente porque de pronto saltas y estás ahí, pero no garantiza la constancia.

Te hacen pasar a un lugar de la Historia, pero esa es efímera también. ¿Qué pasa si no los tienes? ¿qué pasa si no consigues más? ¿qué pasa si el público no te acoge? ¿qué haces con esa gente que desde su fragilidad te señala como no merecedor?… Al final lo más importante es tener trabajo y vivirlo con dignidad.

¿En qué punto estás y qué proyectos tienes?

Mira, este año la compañía cumplía 20 años, bueno en realidad 21 años, y se celebró en Matadero con una retrospectiva. Tuve la suerte de presentar cuatro obras seguidas en Madrid. Fue una manera de echar la mirada atrás, pensar en las cosas que se han construido. Pero también siento que para mí es un momento difícil. No sé cómo seguir. Es verdad que en enero estreno producción en el Teatro Cuyás de Las Palmas, y estoy contento y metido en ese proyecto, pero pienso más allá y continuar se me hace un poco complicado.

La presencia de la danza en los teatros ha menguado, no solo para mi, también para otros compañeros. Entonces me pregunto qué edificio estamos sosteniendo. ¿Para qué? ¿de qué vivir? No creo que estemos ahora mismo dirigidos, hablando a nivel político, por personas eficientes o competentes. Estamos dirigidos por el mejor show de la televisión. Por desgracia las carreras artísticas están siempre en ese limbo externo a la sociedad, a los que la política usa cuando le interesa. Ahora hay una lucha entre lo más clásico y lo más vanguardista. Y mientras no se amplíe el foco y deje de haber esa pelea de gatos, será muy difícil definir el futuro de nadie.

Es tiempo de guerras, y eso no es bueno para nadie.

Escuchándote esto último, alguien que no te conozca puede pensar que eres pesimista ¿te consideras una persona pesimista u optimista?

Creo que ni una cosa ni la otra. Trato de mantener una línea neutra, sin excesos ni por arriba ni por abajo. Si escucho una noticia buena, me alegro pero tampoco hago una fiesta. Igual con lo negativo, me afecta, pero trato de arreglarlo y seguir. Mantener la neutralidad requiere energía y desgasta, pero prefiero navegar en estos mares. Evidentemente, creo que lo que vivimos hoy día es bastante incierto, y al menos yo fui educado para la seguridad, si haces esto conseguirás aquello. Pero hoy día no parece ser así. Soy consciente de que entro en la madurez y eso también te da otra perspectiva.

Foto© Daniel Olsson

Daniel Abreu, bailarín y coreógrafo, nace en la isla de Tenerife donde comienza su curiosidad e interés por el movimiento físico y la expresión escénica. Además, durante su formación artística se licencia en Psicología, lo cual ha estado muy presente en sus trabajos coreográficos a través de una cuidada simbología poética.

Como intérprete, ha desarrollado su trabajo en distintas compañías y colectivos de danza y teatro del panorama nacional y como creador, atesora una dilatada trayectoria creativa dibujada por más de sesenta producciones, que han podido verse en muchos países, donde han sido reconocidas por crítica, público y diversos galardones.

Su proyecto de compañía surge casi imperceptiblemente en el año 2004, siendo el volumen de creaciones y de colaboraciones lo que dieron lugar al concepto de lo que hoy conocemos como Cía. Daniel Abreu.

Como consecuencia de todo este trabajo creativo, Daniel Abreu ha sido invitado a impartir diferentes talleres y cursos, en los que comparte su visión creativa y de herramientas técnicas corporales y de expresión. Aspectos que también relaciona con su formación en Terapia Sistémica y Gestalt.

Paralelamente continúa cercano a otras realidades creativas, como la de dirigir proyectos para otras agrupaciones y creadores en Chipre, Italia, Croacia, Polonia y España. Destacar que en el año 2018 es nombrado director artístico de Lava Compañía de Danza, la compañía de El Auditorio de Tenerife que dirige durante dos años.

Entre el reconocimiento cosechado a lo largo de su trayectoria destacan el Premio Nacional de Danza (2014) en la categoría de creación, otorgado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte; en 2020 recibe el Premio Ciudad de Cazorla de Teatro; ganador de cuatro Premios Max: Mejor Coreografía junto a Olga Pericet por la Materia (2024) y Premio al Mejor Espectáculo de Danza, Premio a la Mejor Coreografía y Premio al Mejor Intérprete Masculino de Danza por su obra La Desnudez (2018); otros méritos a su carrera son Premio Godot a Mejor Intérprete Masculino de Danza por Dalet (Da) en 2023; Mejor Espectáculo, Mejor Vestuario y Mejor Banda Sonora en los Premios Réplica (2019) por Abisal, Premio a la Mejor Dirección en el INDIFESTIVAL de Santander (2010); Premio del Jurado a la Coreografía en el XVIII Certamen Coreográfico de Madrid (2005); Premio Fundación AISGE a un bailarín sobresaliente, para asistir al American Dance Festival (2005) recibido en el marco del XVIII Certamen Coreográfico de Madrid (2005); Bailarín más Destacado del IV Certamen Coreográfico de Maspalomas (1999), todo esto entre otras nominaciones.

En el año 2015 es nombrado Hijo Predilecto por el Ilustre Ayuntamiento de la Matanza de Acentejo (Tenerife).

Enlaces:

www.danielabreu.com