Entrevista a Roberto Torres

Marzo de 2025. Entrevista realizada en Santa Cruz de Tenerife por Paloma Hurtado.

Foto© Joaquín Ponce de León

Roberto es tierra. En sus ojos veo reflejado mi anhelo por volver y volver a los orígenes. Es víscera y pasión cuando baila, cuando crea, cuando sueña proyectos. Es un corazón, demasiado grande a veces, en un mundo que se vuelve cada vez más complejo. Es de esas personas que sabes que están, aunque pase el tiempo y no cruces palabras. Es un bailarín campesino o un pastor bailarín. Es suelo firme que ha permitido que la danza florezca en esta tierra. Aunque a veces cueste mantenerse, sigue tendiendo su mano sin esperar nada a cambio, tan solo por el placer de ver cómo su tierra florece en danzas.

¿Quién es Roberto Torres?

Una vez me hicieron una pregunta “¿Qué le dirías tu al joven de 18 años que empezó a bailar?” y yo creo que ese joven nunca pensó que iba a llegar tan lejos. Roberto es ya una persona mayor, de 62 años, que sigue bailando, lo cual también era impensable. Mi amor a mi tierra hizo que me embarcara en la aventura de querer proteger, potenciar, llenar vacíos que existían. Ahora mismo no soy tan importante, pero en ese momento era importante. Al mismo tiempo creo que es un ser para el que la danza ha sido su vida y que ahora se pregunta si va a ser para siempre. Estoy en una etapa diferente, donde ya sabes que hay gente detrás, donde tus prioridades pueden cambiar. Lo importante es que ahora puedes desaparecer. Y me encantaría desaparecer, no derrotado, pero sin hacer mucho ruido. Quiero irme con mi conciencia tranquila y satisfecho de lo que he podido hacer… no hay que ser premiado. Parece que lo que haces, lo haces porque es lo que te ha tocado hacer. Ahora paro y siento que he hecho cosas que han sido importantes. Desde el 95 que fue cuando yo regresé después de vivir fuera, a 2025, hoy, han pasado muchas cosas, pero todo ha ido tan rápido que parece que fue ayer.

¿Cómo llega la danza a tu vida?

Yo empecé a bailar tarde. Bueno eso es mentira. Yo siempre digo que me recuerdo poniendo música y bailando siempre. Bailaba para personas que yo me imaginaba. También me presentaba a concursos en discotecas… creo que aprendí mucho en las discotecas, porque era un espacio de libertad donde yo experimentaba. Mis ojos experimentaban otros cuerpos y cuando empezaba no podía parar. En mi imaginario yo no podía ser bailarín, porque culturalmente aquí no existía esa posibilidad. No existía la profesionalización del bailarín. Se suponía que tenías que estudiar una carrera, de hecho, yo comencé veterinaria y lo compaginaba con el grupo de teatro universitario. Pero seguía yendo cada noche a bailar. La danza profesional llegó a mi vida gracias al director de la escuela de teatro de Barcelona donde yo estudiaba. Siempre destacaba en la parte corporal. En una ocasión fue a grabar la televisión catalana la muestra de expresión corporal de la escuela y en realidad a quien grabaron fue únicamente a mí y no es que yo fuera importante, es que para mí el cuerpo era el lugar de crear, de sentir, de trascender. Después asistí a una audición para bailarines de Andrés Vidal, un hombre que se hizo famoso porque se encerró en una jaula del zoológico de Barcelona una semana y vivió en las mismas condiciones que un animal. En esa audición me seleccionaron de entre muchos. Entonces fueron otros los que me dijeron “oye que tu camino es otro, que está aquí, en la danza”. Ellos veían algo que yo no veía. A partir de ahí lo que empezó a ser importante para mí, era bailar.

Te voy a contar una anécdota: un día estaba bailando en una discoteca de Fuerteventura con 15 años y había allí un representante de cantantes europeos muy famoso que me vio bailar. Él habló con mis padres para que yo me fuera a Hamburgo. Al final nunca me fui porque mis padres no me dieron permiso. Pero lo que te quiero decir es que había algo escénico en mí que yo no veía, pero los otros sí.

Ahora pienso en la gente que bailaba cuando yo vivía en Barcelona. Muchos han dejado de bailar a pesar de que tenían mucha más técnica que yo o eran más brillantes. Pero en su camino decidieron que la danza no era vital. A mi aún me sigue asustando el vacío que puede generar dejar de bailar. A veces me digo, párate y piénsalo. Pero después de tantos años: “no sé quién carajo soy”.

Foto© Marta Aschenbecher

¿Qué te da miedo de dejar de bailar?

He aprendido acerca del ser humano y de lo que puede llegar a sentir a través de la danza. En un espectáculo yo decía “la danza es un exceso de vida”, y es que para mí bailar es un exceso de vivir.

Parece que se va volviendo cada vez más pobre el vivir. Cada vez consumimos más, la naturaleza cada vez está más lejos, es más un pensamiento que una realidad, siendo uno de los espacios donde el ser humano trasciende. El ser humano a veces se me hace chiquitito. Pero no es un menosprecio al individuo, es un menosprecio a la sociedad. El individuo yo creo que tiene una dimensión increíble, pero la sociedad nos está haciendo chiquititos. Yo cada vez me siento con menos libertades. Y está sucediendo sin darnos cuenta.

Entonces siento que la danza es algo espiritual para mí. Yo no soy religioso, pero creo en lo espiritual. La espiritualidad tiene que ver con cómo haces las cosas.

En este momento de la historia yo asocio el ser humano con los insectos. Cada vez hay más reinas de la colmena y demasiados obreros. El obrero no decide. Creo que hemos perdido la libertad de ser dueños de nosotros y la danza me aleja de todo esto y me devuelve a la naturaleza y a lo espiritual. Carmen Werner decía que si la gente bailara más habría menos guerras… y yo también lo pienso. Todo está demasiado encorsetado, limitado. En algún momento tiene que estallar. Un momento como este a nivel histórico yo no lo había vivido antes. Nunca el ser humano ha mentido tanto. Yo pienso que me educaron para no mentir y ahora todo el mundo miente. Y el mundo virtual es inspiración para esto. La tele es la gran mentirosa, los telediarios, el periodismo ha desaparecido y muchas otras que te ayudaban a saber dónde estabas. Creo que interesa que el ser humano este despistado y sea fácil de domesticar.

Me gusta mucho observa los cuerpos de la gente. Cuando llegué a África me dije, “la primera lección es ver estos cuerpos caminar”. Es un ser entero el que camina pensé. Y yo al verlos bailar, veía a las personas. Pero las palabras mienten. El cuerpo es lo que es, no lo que cree la persona que es. Y ahora lo que domina el mundo es la palabra. Creo que el ser humano está en decadencia, una decadencia de valores. Nos están haciendo también más egoístas. A veces me preocupan mis pensamientos. Es horrible la continua comparación entre nosotros.

Creo que la danza tiene un lugar de libertad y ahí es donde descubro lo que esta sociedad no me permite ver.

Foto© Ricardo Bautista

Háblanos del panorama de la danza en Canarias, desde que llegaste de Barcelona hasta ahora.

Cuando vivía en Barcelona yo volvía en navidades. En los 80 había locales muy osados. Había un lugar que se llamaba Espacio 41 y era muy punky. En ese tipo de espacios alternativos se podían mostrar trabajos escénicos. También había uno en La Laguna, el Sketch, que llevaba César. Esos sitios organizaban eventos en los que la danza o lo performativo quizás, tenían un lugar. Existía un circuito teatral, al que yo venía con compañías de fuera. Pero la verdad es que no recuerdo mucho porque venía muy poco. Aquí en Tenerife hubo un cubano que trajo algo de danza contemporánea. Yo sentía que prácticamente la danza contemporánea no formaba parte de la cultura. Por ejemplo, había un gran movimiento surrealista, o el jazz estaba muy presente, otro gran espacio de libertad. Las artes te permiten volver a la imaginación de la niñez. A veces pienso que la IA va a acabar con nuestra capacidad de imaginar. Creo que la creación está en peligro. Yo la verdad es que por ahí no quiero ir, creo que tiene tanto peligro todo lo que la IA está trayendo… ya no sabemos qué es verdad y qué mentira.

En el 92 recibí un premio en Cataluña a la joven creatividad, y me dieron un dinero. Entonces pensé en volver a Canarias para crear aquí. Era algo pasajero. Yo quería dar trabajo también a gente de aquí. Creo que tenía la necesidad de acercarme de nuevo y ver qué pasaba. Entonces comencé a visitar escuelas donde solo veía jazz o danza clásica. Hice una audición y solo se presentó una persona: Esther Martínez. Había un gran desconocimiento acerca de la danza contemporánea. Nadie pensaba que podía haber una profesionalización en la danza, aunque sí que estaba ya el Ballet de Tenerife. Al final de esa audición cogí a una cantante, Chiqui Pérez, y traje a dos bailarinas de Barcelona. Las cosas han cambiado por suerte, a día de hoy a una audición aquí se presenta mucha gente.

Después el Cabildo y la Generalitat me dieron un dinero para irme a África a trabajar. Estudiaba cómo muchas danzas parten de lo cotidiano y cómo los hechos trascienden. Entonces llamé a mi compañía, que ha tenido muchos nombres, Ucanca, y “Namu” fue la obra que cree a raíz de este premio. Es una palabra que en contextos generalmente femeninos africanos, reafirma lo que alguien está diciendo, una manera de asentir o corroborar las palabras de otra. A raíz de aquí empecé a crear. Luego vino la siguiente obra “Mi fragilidad y las piedras”. Las bailarinas que vinieron de Barcelona se quedaron a vivir por aquí y empezaron a crear tejido para la danza, dando clases y bailando. Eran mujeres muy creativas.

En Gran Canaria había otro movimiento diferente, bastante más interesante que lo que sucedía en Tenerife. Estaba el Centro Insular de Cultura, que lo llevaba Óscar Millares, ex bailarín del Ballet Nacional de Danza. Estaba donde ahora se encuentra la Sala Insular de Teatro. Había mucha gente haciendo cosas. Yo allí sí sentía que estaban pasando muchas cosas. Había gente muy inquieta y atrevida. Iban más allá del entretenimiento. Era un lugar de encuentro. Se creó casi un departamento de danza, con salas de ensayo.

En otras islas desconozco lo que sucedía. Casi no existía nada del tipo de danza que a mí me interesaba. Martín Padrón comenzaba a ir y venir de Francia a La Gomera por aquel entonces.

Después está la cuestión del Teatro Victoria. Cuando llegué, mi familia tenía esta casa que se estaba cayendo y que mi padre había comprado para hacer oficinas. Mi padre le había dejado el piso a un médico que no tenía dónde poner su consulta y en ese entonces estaba ahí. En ese momento mi padre no sabía cómo echarlo y vio en mi regreso la posibilidad de hacerlo. Así que de esta manera entré a vivir yo y se fue el médico. El espacio se convirtió, el solo, en un sitio cultural. Aquí ensayó hasta Pedro Guerra. Venían muchos artistas a ensayar y se quedaban. Músicos, bailarines, actores. En ese momento mi madre me dijo: “por qué no arreglas un trocito para dar clases de danza, y así yo en la parte baja monto una tienda para ropa de niño”. Mi madre lo que quería era que me quedara, que no me marchara de nuevo. Entonces surgió la oportunidad de trabajar con una compañía de danza cubana, que llevaba Marianella Boan. Ella tenía ganas de romper con el estereotipo cubano y decidió contratar a un extranjero, así que me llamaron para su nuevo espectáculo. Unos días antes, dando una clase en esa salita que había creado para clases en el teatro, me rompí dos dedos del pie. Fue muy raro. Es como si la casa dijera, aquí te quedas. Y al poco tiempo murió mi madre en un accidente de coche y la herencia fue esta, el 70% de este edificio. Y este espacio se ha ido transformando hasta lo que es hoy el Teatro Victoria.

El bailarín lo necesito yo, no lo necesita el mundo. Pero lo importante es esto, el Teatro Victoria. Este espacio tiene 100 veces la importancia del Roberto bailarín.

A veces me pregunto si yo seguiría bailando si no existiera el Teatro Victoria… y creo que no. Yo he facilitado a la danza canaria un lugar, pero también me lo he facilitado a mí. Era tan difícil, que yo no hubiera podido afrontar la dificultad de ser un bailarín en Canarias sin este espacio. Este espacio ha hecho que yo pudiera continuar. En un principio el Teatro fue un sitio donde se creaba mucho, porque lo de las residencias de creación casi ni existía. Ahora hemos cumplido 25 años, la inauguración fue en mayo de 2000. Parece que toca festejar, pero yo no tengo ganas de festejar nada.

Yo sí creo importante entender la dimensión del progreso que ha habido en estos 25 años, que como tú me cuentas hayamos pasado de casi un panorama desierto, en el que a una audición no se presentaba nadie, en el que la danza como profesión ni se pensaba, en el que la programación era muy escasa o inexistente en islas menores, a tener una actividad tan rica como la de hoy en día. Quizás sí sea importante festejar la historia, a las personas que como tu han hecho posible que a día de hoy la danza forme parte de la realidad cultural y la vida social de Canarias.

Para mi han pasado 25 años sin darme cuenta y esto supone darme cuenta del paso del tiempo también. Sincerándome mucho, al final no sabes hasta dónde la gente te quiere por lo que tienes o por lo que eres…No es que yo quiera que se me recuerde…o sí. Lo único que tengo claro es que no quiero vivir la decadencia de las cosas. Ahora quisiera saber cuál es el momento en el que doy relevo a que sean otros los que continúen la labor que llevo haciendo todos estos años a través de este teatro y traigan nuevas ideas, nuevas energías, nuevas formas, para seguir construyendo a favor de la danza.

Quizás ahora te toca acompañar desde otro lugar y dejar que las cosas se transformen, también este teatro. Es lo natural. Para terminar, me gustaría que nos hablaras de dos hitos en el camino: Canarias Dentro y Fuera y Cuadernos Escénicos, estos festivales tan importantes para nuestro territorio y referentes ya a nivel nacional.

Al principio lo que tenía era el espacio, no había dinero, no había apoyos, no había nada más que el deseo de generar contexto donde poder mostrar los trabajos. Y como yo venía en navidades cuando vivía fuera, pues pensé que así los bailarines canarios regados por el mundo podrían bailar en casa cuando volvieran a ver a sus familias en navidad. Poco a poco apareció la calle y empezó a venir gente de otras islas. Comenzaron los apoyos. Sin apoyos tras 2 o 3 años es muy difícil mantenerse. Ahora sé que el festival ha sido un sitio donde hemos podido ver pasar a casi todos los bailarines de Canarias, donde se han dado encuentros maravillosos, un lugar donde tener asegurado un estreno o una actuación de tu último trabajo. También fue muy importante empezar a conectar con otros teatros u otros espacios de la ciudad, como el TEA o el MUNA. Poco a poco el Festival empezó a invadir la ciudad. Aunque a día de hoy se están poniendo muchos impedimentos nuevamente en el espacio público. Ahora la excesiva seguridad prima ante todo y se están perdiendo libertades. Me gustaría volver a ese diálogo con la calle sin filtros. Yo me he colgado del Puente Zurita por ejemplo y no pasaba nada. Gente ha bajado por los muros de TEA y no pasaba nada. Creo que estamos perdiendo la calle como lugar para el arte, ese lugar que nos pertenece. Eso lo echo de menos. La gestión para que sucedan las cosas en la calle se está volviendo mucho más compleja que con los teatros. En pro de la seguridad, están poniendo límites a la expresión, a la espontaneidad… de nuevo el ser domesticado.

Ahora mismo Canarias Dentro y Fuera es un festival muy importante. Hemos comenzado un intercambio con otras islas del mundo: Baleares, Chipre, Córcega, Cabo Verde… Están bailando personas que no habían nacido cuando todo empezó. Este festival te abre un abanico muy grande de formas de danza, es muy importante abrir la mirada, entender que hay muchos prejuicios y juicios, también el cuerpo es un espacio muy censurado, un espacio de recortar libertades. Ahora no tanto, pero cuando yo era joven el hombre y más allá el homosexual tenía mucha censura, el cuerpo ha sido un sitio muy castigado. Porque vuelvo a decir que es un espacio de libertad. El cuerpo quizás sea el que más cuesta domesticar. Entonces, pensando en que mucha gente dice que no le gusta la danza, mostrar tantas formas diferentes de danza es dar la posibilidad de conocer, de acercarte a diferentes lenguajes y seguramente alguno haya con el que seas más afín, que te llegue, que te envuelva. Yo sigo viendo cada día cosas nuevas que me abren la mirada hacia la pluralidad de formas de la danza. Es inmensa. Y los mestizajes son hermosos.

Creo que ya es algo que le pertenece a la ciudad, que la identifica. Te das cuenta cuando ves al público que cada año espera la llegada del festival

Y en cuanto a Cuadernos Escénicos, pues Garachico es un pueblo que me enamoró y un día pensé “wow qué sitio para bailar”. Y esto de que se pueda bailar en una plaza, en una playa, en la calle, en el monte, que la danza no solo ocurra en los teatros, es algo muy importante. Una danza espontánea. Cuando bailas en un espacio no convencional de alguna forma eres un inquilino, vas a llenarlo, a transformarlo. Cuando ves bailar a la gente en esos espacios, el sitio se transforma. Cuando la danza entra, entra la magia. Se ha hecho mucha magia, mucha brujería con la danza. Y hablo de la trascendencia del ser humano, traspasando límites del saber. En el fondo hay un trance, es como el carnaval. Quizás por eso la danza transforma tanto los lugares, porque los habita en un estado diferente al cotidiano. De hecho, lo estoy descubriendo al mismo tiempo que te lo digo. La calle se vuelve sagrada, un sitio de rito. Nos devuelve algo.

Ahora veo cómo en los últimos años, al finalizar estos festivales, buscamos que todas bailemos, el público baila. Es porque esto está faltando. Falta volver a bailar en comunidad y tenemos que incentivarlo.

A veces me pregunto “¿qué hice yo primero, bailar o caminar?” Seguro que fue bailar. Y seguro que eso le ha sucedido a la mayoría de los seres humanos de este mundo. La danza siempre ha estado ahí.

Roberto Torres. Bailarín, coreógrafo y director de su compañía `Nómada´

Santa Cruz de Tenerife, 1962

Contiene Roberto Torres una amplia formación dibujada con el aprendizaje de varias disciplinas. Titulado en Arte Dramático en La Casona de Barcelona, ha cultivado este creador su interés por el movimiento estudiando acrobacia, tai chi, yoga, improvisación y composición, danza butoh, capoeira, psicoballet, así como expresión corporal, interpretación y danza contemporánea. Especialmente interesado por las danzas africanas, ha viajado en varias ocasiones Roberto Torres a este continente, así como a Brasil y Cuba. En el año 2000 fundó la compañía Nómada, agrupación residente del Teatro Victoria de Santa Cruz de Tenerife, y mayor expresión de sus intereses artísticos. Se inclinan los espectáculos que firma Roberto Torres, hacia ese territorio en el que conviven la danza y el teatro, y encuentran su lugar de representación más allá de escenarios convencionales. Montajes como Viaje a ras de sueño, Historia de un soldado, Paseo con la danza, Andanzas imaginariasPaisajes de la memoria y Los zuecos van hacia sus buenos hábitos, entre otros, se enmarcan en la compañía Nómada y se han podido ver en calles, museos y teatros. Profesor de variados cursos dancísticos y receptor de premios como el concedido por la Generalitat de Catalunya a la Joven Creatividad en 1991, Roberto Torres también ha creado fuera de su compañía. Invitación a un viaje, en colaboración con el pintor Alfonso Delgado, y Mutacions, con el grupo catalán Delirium 4, algunos ejemplos.

Enlaces:

https://www.instagram.com/teatrovictoria