Mayo de 2025. Entrevista realizada en Playa Honda (Lanzarote) por Paloma Hurtado.

Empezaré por lo importante, el ser humano. Ella valora a cada persona por lo que es y a la danza por ser pilar en su vida. Ella construye por necesidad y por vínculo, con las personas, con el territorio y con la cultura. Es MUJER con mayúsculas, madre de dos adolescentes en pura efervescencia, maestra de las de antes, de las que no deberían haberse perdido, las que se preocupan por cuidar, por el afecto, por los valores más allá de los contenidos. Es hermana, hija, pareja, amiga, creadora, productora, posibilitadora, SOÑADORA incansable, mi admirada y divertida mujer orquesta y gran confidente en momentos de debilidad. Como las olas del mar, siempre te lleva a un puerto bonito donde poder conversar o bailar o ambas cosas y dejar que la vida se convierta en una explosión, porque sí, ella es también mujer volcán.
Cuéntanos quién es Acerina H. Toledo
No tengo ni idea… Supongo yo que soy muchas cosas, como todas las personas, tengo muchas facetas y yo no me quedaría con ninguna en especial. Yo pienso que una persona es como un suelo compuesto de baldosas, todas importan y todas te definen. Una es la parte más familiar, que soy hermana, soy hija, soy madre, amiga, pareja y también mi parte profesional, a lo que me dedico eso me define. Pero ¿quién soy en resumen? docente, bailarina, madre, hija, hermana, empresaria. Y esto hace que sea impulsiva, reflexiva, sentimental, insistente…
¿Cómo llega la danza a tu vida?
La danza profesional llega por insistencia y porque yo siempre la he tenido dentro. Siempre he bailado desde pequeña, (todo el mundo lo hace), pero la situación familiar y en concreto en Lanzarote no me permitía practicarla. Yo siempre he querido bailar y bailaba, y esto es literal “hasta con la música del telediario”. La parte formativa de la danza llega a mi vida porque cuando me fui a la universidad a cursar magisterio en La Laguna con 17-18 años, empezaron a impartirse unos talleres de danza africana y como eran gratuitos decidí apuntarme. Y me di cuenta de qué era eso de una clase de danza. Mi anterior experiencia con la danza eran clases esporádicas de jazz, y muchas horas de entrenamiento en la gimnasia deportiva y en atletismo, así que mi cuerpo estaba preparado. Pero el ritmo de esos tambores, esa fluidez de un profesor mayor y lo que sentí me enganchó hasta ahora. Me quería formar y bailar sin parar. Seguí formándome en contemporáneo, que no sabía ni que existía, aunque no pensaba dedicarme a ello porque casi ni lo imaginaba, además de que mis primeros docentes me recordaban que esto era difícil habiendo empezado tan tarde a danzar. Pero sí que me daba cuenta de que bailando yo era muy feliz, conectaba cuerpo y emociones, el resto era cabezonería pura.
Después me fui a Gran Canaria a hacer la licenciatura, y empecé a tomar clases en la escuela de Natalia Medina, gracias a una alumna con quien coincidí en las pruebas de acceso y me habló de esas clases. Evidente que vio mis ganas, una energía a “chorros”, y entonces me abrió las puertas a pequeños trabajos relacionados con la danza, mientras yo seguía estudiando, este gusanito iba creciendo, así que empataba con todo lo que tenía que ver con este mundo, y empecé a crear mis primeras piezas que nacían y morían en el salón de mi casa. Descubro que esto también me apasionaba.
A Lanzarote aún no había llegado nada de contemporáneo. Hablamos de hace 25 años. Aquí en Lanzarote entonces había aerobic, jazz y danza clásica, es lo único que había. El jazz y el aerobic se daban como actividades extraescolares, pero el clásico era pagado. Existían dos escuelas que tenían muchas alumnas. Sabía que en Lanzarote no bailaría, así que cuando iba a terminar la carrera, con dos amigas de la academia, todas del año 77, quise despedirme del “mundo de la danza” y creamos una coreografía para el Festival Masdanza. La coreo se llamaba “Cosecha 77”. Metimos clown, acrobacias, salíamos con capas de trapos de cocina como de super heroína. Era una obra muy loca, muy cómica y muy enérgica…cómo iba a ser!! Pues pasamos a la final. Y me llevé un premio que consistía en una beca para estudiar un año en Madrid. Eso supuso un esfuerzo brutal tanto de mi madre como mío para mantener los gastos. Un reto y desgaste brutal, pero me fui ese año a Madrid y estuve a la vez en 3 o 4 trabajos para subsistir, ya que lo que cubría esta beca era la formación. No disfruté de la formación. Pero tenía claro que debía aguantar, audicionar y currar para mantener mis gastos.


Yo había vivido fuera de casa de mis padres desde los 15 años, que me “auto exilié”, me fui a otra parte de la isla y me matriculé en otro instituto así que lo de vivir fuera no lo llevaba mal, pero los trabajos múltiples me alejaban de mi carrera como bailarina. Los fines de semana como cómica en un restaurante, daba clases en barrios madrileños de danza entre semana y además bailaba en una obra de la Cia Curro Dt “Pies para que los quiero si tengo Alas para volar”, bailando la vida de Frida Kahlo. La cosa no iba mal, pero lo que era formarme o poder entrar en otra compañía, no lo pude hacer, no tenía ese tiempo. Esta soledad y falta de apoyo total que no fuera el de mi madre y el propio es el que me impulsa a ayudar a los jóvenes actualmente. Ser de Lanzarote no puede ser una piedra en el camino. El año más intenso de mi vida fue ese. Hice mucho realmente. Pero llegó una llamada de mi madre que no podía ayudarme más y que volviera. Volví a Lanzarote derrotada.
Pero tenía esa fijación con la danza y empecé a dar clases de funky en Lanzarote. Y me fue super bien, también con hip hop. Primero con ayuntamientos y luego abrí mi primera escuela, y una segunda y una tercera… y fue la danza la que hizo posible mis primeros ingresos, aquí comenzó mi fase de maestra de danza. Este empuje hizo que se me quitara la “magua de no actuar ni crear”
¿Siempre tuviste vocación pedagógica?
Sí. Es verdad que hubo un momento de duda en el ser maestra, y es normal. Pero siempre me han gustado los chinijos-as, creo que llego muy bien a sus cabecitas y modo de ver el mundo. Yo no lo pasé muy bien en el sistema educativo como alumna. Entonces hice la reflexión desde la influencia que pueden tener los maestros-as en los niños-as. Por eso me metí en este mundo. Me parece una profesión muy potente y necesaria. Afectar a una sola persona puede cambiar muchas cosas. Así que decidí que quería ser maestra, hacer reír a los niños y que lo pasaran bien aprendiendo y a aquellos que pensaban que “no servían” hacerles ver que no es así. Y entré básicamente por eso, la creencia que la educación marca un futuro que ni imaginabas.
Me encontré con un sistema bastante cuadrado, pero he ido encontrando mi manera de trabajar con estas limitaciones y arrimarte a un equipo estupendo. Me ha costado mucho, pero con los años he llegado a donde me gusta estar. Aunque es un trabajo muy duro, soy como quiero ser en mi profesión. Puedo entender las preocupaciones económicas que se tienen en otras profesiones, ahí me quito el sombrero, pero hay otras presiones y dificultades en la educación está llenita y algunas son muy potentes. Trabajar en un colegio es como estar en una micro sociedad. Es compleja la gestión con los y las compañeras, con los y las alumnas, y sus familias, encorsetado por leyes que no son en muchas ocasiones útiles. Por eso yo cuando salgo del patio del cole y voy a un teatro, yo estoy encantada y tranquila, me da paz. Mientras noto a técnicos o compañeros-as tensos por el estreno, por el ensayo o espacio, yo estoy en un espacio de descanso maravilloso.
¿Cómo ha ido cambiando el perfil de los “jóvenes”, cómo percibes esa transformación, cómo lo vives como maestra y como madre?
En estos últimos 15 años yo he sido madre dos veces y lo veo de diferentes ángulos. Yo puedo tener las dos versiones la de maestra y la de madre. Creo que soy de las pocas personas de mi generación que me rodean que confía mucho en los adolescentes de hoy. Confío más que en mi generación, en su capacidad crítica innata y su solidaridad. El problema es que ellos tienen muchas “piedras” en su camino, y se las hemos puesto nosotros-as. Nosotros, los adultos, teníamos algunos problemas como la incomunicación o falta de confianza con nuestras familias, inseguridad a la hora de formarte, falta de información, inseguridad económica, … Pero ¿Qué peor piedra puede tener un adolescente que el ser comparado con otras 8.000 personas a la vez?, no con las amigas que están en tu aula, sino con todas las niñas de tu generación. El sentirse en la “obligación” de hacer y deshacer sin cometer fallos que se quedarán en una red a disposición de las inseguridades de los demás… el teléfono y las redes es difícil de gestionar. Quitárselo es sacarlo de la sociedad donde esa personita se quiere sentir aceptada. Por eso creo, que más ahora que nunca, el arte, la danza y la actividad física tienen que entrar en el sistema educativo. Esa herramienta que aleja de estos conceptos y trata con las emociones, con el cuerpo, con el contacto… Antes una maestra te daba un abrazo o hablaba con la familia del alumno y era suficiente, las emociones no se gestionaban, ni se le daba valor a eso. Pero ahora la educación debe primar lo emocional a lo conceptual, porque las familias lo están descuidando, o no saben cómo acceder a sus hijos-as, y la presión social es bestial. Como dice mi abuela “Endereza el árbol desde chiquitito que de mayor el tronco es gordo y ahí ya no hay nada que hacer”. Y esto no implica solo disciplina, sino entendimiento de los valores, de un cuerpo y como relacionarse. Desde muy pequeños, el arte desde Infantil es imprescindible.
Estamos tratando de protegerlos y les ponemos una pantalla delante. Esos niños llegan a informaciones muy bestias para sus edades. A estas edades se habla de depresión y ansiedad infantil. Sus cerebros están totalmente bombardeados y aun así tienen más empatía que hace años, verdaderamente son generosos, se preocupan por las injusticias, son el futuro y debemos creer en ellos-as. El acceso a tanta información ha supuesto una gran desinformación hay que volver a lo que se siente. A mí me asombra que una niña de 2025 te pregunte cosas básicas del aparato reproductor o de cultura popular.
Para mí es fundamental creer en ellos. Mis hijas me lo dicen que están hartas de que se las señale como parte del problema de la situación, ellas no se sienten responsables del presente, son más bien las que ahora “tienen” que arreglar lo que las generaciones anteriores han causado. No me puedo permitir ser negativa, porque si yo soy negativa, lo que le estoy dando a mis hijas es un mundo sin esperanzas y desde mi trabajo, desgraciaría futuras vidas. Desde casa se les dice: ustedes pueden, organícense, sonrían, hagan cosas, empiecen por su pueblo, por su instituto. Implicarlas socialmente. Como padres hay que estar muy activos para generar otras posibilidades. Y el cuerpo, la relación con el cuerpo, con la fisicalidad ayuda mucho. Por eso es tan necesario, más que nunca. Y también las relaciones, el contacto. Más allá de pegarse, es más bien el contacto, que cada vez es menos. De pequeñitos se abrazan, se dan cariño, pero eso va desapareciendo. Cuando trabajo la danza en la escuela, busco que encuentren otra manera de tocarse y comunicarse. Para mí hay asignaturas que sobran en el sistema educativo y otras que faltan. Por ejemplo, la música debería tener más carga lectiva, o la educación física. Y la danza debería sumarse como asignatura, no ser parte de la educación física, donde muchos profesores ni entran o pasan por encima. Y por supuesto los docentes que la impartan deben tener valores, ganas y fuerza.
¿Cómo y por qué surge Traslación, el Festival, ¿y cómo ha ido creciendo el foco en el desarrollo de su parte pedagógica?
Traslación surge porque al dar clases de danza, empiezo a formar una familia muy bonita de alumnas, algunas de ellas llevan más de 20 años conmigo. Yo llevo 21 años en educación y 23 dando clases de danza. Entonces esa familia que empieza a bailar empieza a pedirme cosas que hacer y formas de mostrar lo trabajado. Empiezo a inventarme pequeños eventos como respuesta y empiezo a asociarme con otras personas para dar visibilidad a sus trabajos. Yo siempre he pecado de conectar gente muy dispar. Entonces hubo una época antes de comenzar con Traslación que empecé a traer a gente de fuera a dar clases en la escuela de Arrecife. Y vi que funcionaba.

Así que un año decidí traer a cuatro ponentes: Roberto Torres, Celeste Ayús y Natalia Jiménez, junto a mí. Entonces ellas venían y creaban una pequeña coreografía que yo me comprometía a ensayar con el grupo para que luego se presentara en Traslación. Empecé a crear un equipo y buscar algunas ayudas para poder darle un poco de forma.
El nombre surge porque mi hija estaba estudiando al lado mío y yo necesitaba un nombre y ella estaba con la rotación y traslación de los planetas y Traslación me vino genial como concepto, tan sencillo y casual como eso. Esa primera edición fue genial. Y la sorpresa fue que en ese acto había alguien del Cabildo asistiendo, que decidió apoyarlo con algo de dinero para el próximo año. La idea cuajó.
Al año siguiente estrené Divino Desierto, y para mí era la primera producción seria y estaba con dos niñas pequeñas y mi cabeza no daba para más, así que dejé el Festival y lo retomé un año después. Fue en plena pandemia cuando ya tenía un pequeño equipo (Tomás Pérez Esaú y Patricia Afonso) y conseguimos dinero para sacar una segunda edición que hicimos virtual. Fue una gran lucha. Pero es que justo ese año era necesario bailar, porque los bailarines seguíamos necesitando vivir de algo y emocionalmente ayudó más que en el lado económico. No hubo prácticamente ganancias para el equipo, pero yo estaba muy contenta porque los bailarines fliparon en el contexto que estábamos viviendo. Todos los espacios fueron brutales y los streaming fueron geniales.
A la siguiente edición, se sumaron Arrecife, San Bartolomé…porque nació en Teguise. Aquí empezó a crecer desde el ámbito social y educativo. Y con él el equipo que nos acompaña actualmente y gracias al que se mantiene vivito. Yo soy maestra y sé que alguien te ve bailar y puede quedarse prendado, pero si tú a un niño le hablas, le das clase y luego te ve bailar… ahí es cuando puedes cambiar muchas cosas. Aprendizaje significativo. Nuestro foco fue creciendo a todos los sectores.
Empezamos a meternos en los centros educativos y con asociaciones de mayores. Tengo debilidad por los mayores y creo que es un gran error habernos desvinculado de ellos, que son un libro abierto, llenos de sabiduría. La sociedad está muy equivocada, no se trata de qué le damos a nuestros mayores, sino de qué nos dan ellos. Entonces trato de hacer una mezcla intergeneracional que incluya gente de todas las edades y sobre todo que pueda poner en contacto a pequeños con mayores, para recuperar esas relaciones y recoger esa sabiduría a través de las nuevas generaciones. Incluirlos para escuchar lo que necesitan y que bailen. Es que separar es casi tan peligroso como etiquetar a las personas.
El problema cuando equivocamos las expectativas es que frustramos a la gente y esas personas en lugar de salir enriquecidas de una experiencia con la danza, salen frustradas.
Por lo que desde Traslación hemos conseguido unir a gente a través de la danza, hemos conseguido que asociaciones como ADISLAN de diversidad funcional o asociaciones para enfermos mentales como el CRIBO nos llamen y nos digan que tienen grupos grandes de gente que quiere participar en los talleres. Y lo hacen porque se han dado cuenta del beneficio que tiene.
Este año nos ha contactado un colectivo de personas migrantes también, y participan en nuestro Plan de Formación, y como público.
Un técnico de cultura en una presentación de una de las ediciones me dijo que creía que el festival estaba creciendo muy rápido y yo le respondí que la necesidad era muy grande. Yo solo puse una semilla y la gente comenzó a acercarse ilusionada a regarla.
Con los jóvenes también tenemos una oferta de becas, no quiero danza elitista, sin embargo, tenemos un plan de formación en el que los becados que acompañados por un creador-a montan una pieza que va a ser grabada, colocándoles en un lugar de profesionalización. Esta es una pequeña parte, que afecta a un grupo pequeño de personas, pero es su futuro el que estamos facilitando.
Parece que Traslación es solo la parte de artistas que presentan sus trabajos en espacios no convencionales en diversas localizaciones de la isla, pero el festival extiende alas con su parte formativa y social de abril a noviembre. Aunque esto ha cambiado mucho y hay que trabajar con bastante tiempo. Nuestro gran dilema son las escuelas de danza, son muy herméticas en Lanzarote, por lo general, a veces no quieren colaborar o participar, y la formación no llega a estudiantes, esto es una pena terrible, son docentes que no le dan esta importancia. Hemos becado a equipos deportivos de chicas para que conozcan la danza. Pero con las escuelas está costando mucho que participen.
Nuevos proyectos, perspectivas, nuevas miradas…
De aquí a 10 años a mí me gustaría que todo nos costara menos a nivel de equipo respecto a Traslación. El equipo funciona muy bien. Pero todo lo que tiene que ver con subvenciones públicas hace todo muy costoso. Para que esto funcione, lo ideal sería saber con cuánto dinero cuentas cuando comienzas. A mí me gustaría que Traslación en estos años, fuera una plataforma para que la danza llegue como tiene que llegar a la gente. Porque la danza TIENE que llegar, es una obligación de todos-as, y siempre de las mejores manos.
El festival debe ser un espacio para los profesionales de la isla que vuelven, y tienen donde mostrar sus trabajos. En esta isla no vivimos la misma situación que en otras islas: no hay ayudas a la producción, no hay ayudas a la movilidad. Entonces cuando ves que en el mundo deportivo a nivel básico existe, y que grandes artistas no tienen ni para transporte, yo reivindico desde el festival que sea posible para los bailarines que nacen y residen aquí que puedan volver, que puedan tener donde trabajar en su tierra, que puedan tener un soporte a nivel público para desarrollarse como profesionales de la danza. Independientemente de los problemas de habitabilidad de la isla ahora.
Me parece una falta de respeto cuando alguien con responsabilidad política habla de la danza como baile, como ocio, y no como una herramienta cultural de crítica, educación emocional, de integración, de equilibrio mental, físico también claro. Esto tiene que cambiar, mirar sus beneficios y dedicarle medios, recursos, apostar por ello. Desde hace 5 años para acá esto ha cambiado mucho en casi toda la isla, pero queda mucho.
Mi equipo ha conocido la danza a través del festival y se lo han llevado a su terreno profesional: fotógrafos, video creadores. La danza nació en ellos con el festival.
Con el colegio, tengo que regularme. Porque me hace muy feliz, pero necesito poner barreras. No se graduar mi esfuerzo y es algo que necesito seguir aprendiendo. Pero siempre hacer lo que más me apasiona dentro de un centro, los alumnos-as, y aprender y hacerles sentir bien.
Como artista espero seguir bailando, simplemente seguir creando, para sanar y soltar. Yo necesito bailar por salud mental. Así que me gustaría que mi cuerpo esté preparado físicamente, es un buen objetivo, porque lo tengo descuidado.
Y en general tengo un proyecto futuro que relaciona la danza y la salud mental. Y estoy muy ilusionada porque lo necesito. Es un proyecto formativo.
Y en lo creativo espero estrenar un dúo con Celeste Ayus, que habla de la mujer. Y algún solo, que también necesito y ya empezó a nacer. Yo creo piezas que nacen de mi propia necesidad. Yo no podría dejar de bailar, porque la danza regula mi sistema nervioso. Es sanador para mí. El cuerpo guarda cosas que yo no sabía y descubro muchas otras a través de la danza.
Normalmente a las tres semanas de creación abandono, por inseguridad, por miedos. Estoy muy sola aquí. Nadie se acercaba a acompañarme o asesorarme, porque la gente cree que no lo necesite, quizás por dónde me he posicionado. También hay que tener cuidado con quién compartes tu proceso. Puede no ser positivo. Luego a veces llego a la parte física y me encuentro con muchas barreras y es otra frontera que pasar. Después llega el grupo, las personas, las luces o el vestuario, la música. Artistas que te dan lo que te falta o te complementan.
Y a nivel personal como Acerina en mi día a día, quiero seguir acompañando a mi familia, a mi pareja. No descuidar a mis amigos. Ahora me encuentro en un tsunami del que necesito de alguna manera salir para tener más espacio para mí. Disfruto todo lo que hago, y nunca he estado en una cosa sola, pero ya no tengo 25 añitos. Soy una afortunada, todo lo que hago me apasiona, me rodean personas bellísimas de todas las edades de las que aprendo, y nunca paro de imaginar alternativas y nuevas “cositas” que hacer.

Acerina H. Toledo. Bailarina, creadora y docente.
En 2007 fundó la Escuela Acerina H. Toledo y en 2017, la Sala Cúrcuma, un espacio multidisciplinar de artes.
Licenciada en Ciencias de la Educación Física, dirige dos festivales de danza en la calle: Traslación y 60 Pulsacciones.
Como coreógrafa y bailarina, ha participado con distintas piezas en el Certamen Internacional de Danza Contemporánea MasDanza, la Muestra Danzarte, el Certamen de Danza Contemporánea Suelo y Aire, el Festival de Danza Contemporánea Canarios fuera, Canarios dentro, el Festival de Danza contemporánea de Garachico y en la performance Reflejos, dirigida por la artista Carmela García y expuesta en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid ARCO.
En 2019 creó y co-dirigió la obra Divino Desierto, estrenada en el Teatro Víctor Fernández Gopar, El Salinero.
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